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SADE: el cuerpo libertino

por Rosario Miranda Juan

Escuela de Artes, Gran Canaria

Ondeaban las banderas de la Razón y de la Libertad, se tambaleaba el Antiguo Régimen, empezaba la industria, avanzaban el ateísmo y el capital, se incubaba y estallaba la Revolución, y científicos expedicionarios exploraban el planeta registrando y clasificando el mundo conocido y apropiándose de un mundo nuevo. Se tenía sed de inventariar, voluntad de anotarlo todo exhaustivamente, inquietud por calcular y enumerar metódicamente el contenido de la naturaleza, y había además intención de enseñar y difundir los resultados de esa gran tarea. La pasión enciclopédica y didáctica del siglo XVIII, que produjo diccionarios de ideas, lenguas, civilizaciones, artes y técnicas, dio también lugar a una figura como la del marqués de Sade, un hombre imbuido del afán explorador de la época y sumido en el terremoto social de Francia, donde nació.

El marqués de Sade contribuyó al inventario de lo existente en la naturaleza y al conocimiento del hombre aplicando la razón al sexo y extendiendo el quehacer enciclopédico hasta un terreno vedado. Estirando lo que la razón abarca, Sade compuso un catálogo de goces, un repertorio de posibilidades sexuales que designó literalmente, sin las metáforas, discreciones, puerilidades y eufemismos de que acostumbran a servirse quienes hablan y escriben sobre tales temas. Sade enunció con desnudez, minuciosidad y precisión lo que comúnmente se calla, y con ello amplió los límites, no de lo que puede hacer el cuerpo -que actúa de todas formas esté o no prohibido lo que hace- sino los límites del lenguaje, de lo que la voz puede decir acerca de lo que el cuerpo hace. Esa fue, es, su innovación y su osadía.

El catálogo o diccionario de goces, designados como pasiones, consta de 600 entradas. En Las 120 jornadas de Sodoma, su obra más emblemática, Sade enumera y define -según sus palabras- 150 extravíos sencillos, poco rebuscados; 150 más singulares; otros 150 más ultrajantes que los anteriores para las leyes y la religión, y por último, 150 pasiones de tortura y asesinato.

Cada persona está inclinada a algunos de esos goces, no a todos, y el inventario está confeccionado con la finalidad de que cada cual, ante ese elenco o casuística exhaustiva de imaginables del goce, elija lo que considere conveniente y oportuno para su sensibilidad. A unos atrae lo que a otros repugna porque los gustos personales son singulares. Tal singularidad es el resultado de cómo se conmueven los nervios y órganos de cada cual, algo que se forma en el seno materno y que nada, ni la educación, puede cambiar. Nadie tiene el poder de reformar sus gustos e inclinaciones; eso no depende de nuestra voluntad, del mismo modo que no depende de nosotros ser hermosos o jorobados. Por ello, aquellos cuyos caprichos nos sorprenden merecen ser compadecidos, no censurados o insultados. La perversión es una idea, una categoría moral, no una cualidad de los actos o de la sensibilidad; todos los actos y todos los tipos de sensibilidad son igualmente naturales, y lo que llamamos malo conviene también a las intenciones de la naturaleza.

La naturaleza no es estática; su principal propiedad es el movimiento y la condición del movimiento es la destrucción: algo cambia porque algo muere, algo se crea porque algo se destruye.

La maldad humana colabora con la naturaleza en su necesidad de destrucción; destruyendo, incluso a su semejante, el hombre sólo obedece a la naturaleza, le es fiel. El hombre no es dueño de sus actos o artífice de sus decisiones, es una criatura entre otras -no la cúspide del proceso natural- que sigue las leyes de la naturaleza y sirve a sus designios; nuestros deseos, pasiones o goces son medios que la naturaleza utiliza para alcanzar sus fines.

Esa materia en estado de movimiento perpetuo es lo único que existe; no hay Dios. Dios es un absurdo en el que sólo creen los niños; la religión es un conjunto de supersticiones que sirven a unos hombres para dominar a otros mediante la esperanza en el futuro o el temor a males mayores; Jesucristo fue un charlatán que dio lugar a una fábula llena de patrañas cuyo único prodigio es haber paralizado durante siglos la razón del ser humano; el cristianismo, como diría después Nietzsche, ha sido una enorme pérdida de tiempo.

La religión es una suma de prejuicios que el hombre debe destruir si quiere ser libre como pretenden los republicanos. Dios es un fantasma fruto de la ceguera humana que ni siquiera garantiza el cumplimiento de las normas o el respeto mutuo: en su nombre se justifican muchas barbaridades, el teísmo ha hecho cometer muchas fechorías y nunca logró impedir ninguna. A imagen y semejanza de Dios se tiene el derecho a hacer sufrir, pues Él, déspota y agresor, escancia el mal en las vidas de los hombres y es el primero en violar unas categorías morales que, por otra parte, no necesitan de su existencia para ser mantenidas. El ateísmo y el materialismo no conllevan la depravación, la negación de Dios no acarrea la del prójimo. La moral no debe apoyarse sobre la religión sino más bien al contrario: si pensamos que hace falta un culto religioso para que se respeten las leyes, entonces sostengamos ese culto sobre la moral, no al revés. Racionalmente hablando, la religión es legítima sólo como instrumento cívico, un instrumento que hay que construir premeditadamente de manera que procure libertad, único ídolo por el que se lucha y se muere en una república. El cristianismo no es un culto apropiado para tal fin; es una religión tenebrosa que produce bajeza y estrechez de miras en los espíritus, embota el alma y es un arma en manos de los tiranos, con los que siempre se alían los ambiciosos tonsurados. Un culto que favorece el carácter republicano –lo mismo piensa Maquiavelo– es el pagano; el paganismo es mundano, las acciones y pasiones de sus héroes elevan el alma y transmiten al hombre el deseo de ser tan grande, aquí en la Tierra, como los modelos a los que venera, algo que no ofrecen las figuras míticas del panteón cristiano.

De todas formas, aunque puede construirse conscientemente una religión como herramienta cívica, el único sistema de la gente que razona es el ateísmo. Lo que existe es materia en movimiento y el movimiento es inherente a la materia, no hace falta postular un agente ilusorio que lo imprima. Eso lo sabemos, dice Sade, a medida que nos hemos ido ilustrando, es decir, desde que buscamos la verdad en la naturaleza mediante la ciencia. La naturaleza no necesita un motor; quienes sí lo necesitan, para apoyar su dominio en la ignorancia y en el miedo, son los déspotas. Un republicano no se arrodilla ante un ser imaginario. Quien quiera liberarse del cetro debe liberarse del incensario, porque quien es capaz de creer en dioses también lo es de servir a reyes. La religión es una base política muy adecuada para sostener tronos. Las virtudes en una república se aprecian y se enseñan no en nombre de fábulas quiméricas sino de la felicidad individual; se trata de ser honestos por egoísmo. La moral consiste en hacer a los demás el bien que se desea para uno mismo y en no hacer nunca más mal del que querríamos recibir, y ello porque es lo más rentable para la felicidad de cada cual.

Estas y otras consideraciones benévolas están también en los textos de Sade además de los coitos, las torturas y el horror, lo cual incita a hablar de lo sadiano, no de lo sádico, adjetivo éste que, como maquiavélico, es una penosa metonimia que no hace justicia a un espíritu muy profundo y muy atormentado. El término sadismo, definido como sistema monstruoso antisocial, fue oficialmente incorporado al léxico francés en la edición de 1834 del Diccionario Universal para designar el contenido de los escritos del marqués. El sustantivo sadismo generador del adjetivo sádico, tal como lo usamos nosotros, fue acuñado en 1888 por el psiquiatra alemán Krafft Ebbing en su obra Psicopatología sexuallis para calificar la anomalía del comportamiento que consiste en procurarse placer mediante el dolor ajeno. Esta satisfacción es una pequeña parte de lo que Sade muestra del hombre y ni siquiera es lo más perturbador del territorio humano que su escritura enfoca, por lo que dar nombre a una psicopatía es un triste privilegio, inmerecido por un hombre cuya potencia tiene un alcance mucho mayor.

Sade sí habla de eso, sí habla del placer que resulta de infligir penas a otros. Cree que el hombre es cuerpo, máquina, conjunto de nervios y órganos, y que no existe nada parecido a lo que llamamos alma o corazón. Sensualista como Condillac, Helvetius, La Mettrie, D`Holbach o Cabanis, médicos casi todos, Sade piensa que en el hombre todo procede de las sensaciones y que el placer es una excitación en la masa de los nervios, y añade que esa excitación es tanto mayor cuanto más truculentamente transgresor y vicioso es el comportamiento sexual; el vicio da a los nervios una vibración particular fuente de voluptuosidades, y la voluptuosidad que más éxtasis depara es la que resulta del golpe que produce en el cuerpo propio el dolor de los demás.

Pero los textos de Sade están plagados de suplicios y víctimas, de gente vinculada por la relación amo-siervo. Esa relación se da porque en la naturaleza rige la ley del más fuerte y en la sociedad también, a pesar de la teoría del contrato, ideología emergente en la época según la cual los hombres renuncian al derecho natural y obedecen como ciudadanos unas leyes que garantizan o al menos propician su conservación. El contrato entre iguales sustituye a Dios y al poder heredado por casta y sangre como fundamento de la obediencia a la ley. Ese es el gran debate de la filosofía política de ese periodo y esa es la ideología que subyace al nuevo orden que postula la Revolución.

Sade se ríe de la teoría del contrato porque observa la sociedad, y lo que ve es que bajo el signo de la autoridad del contrato la burguesía le quita el poder a la nobleza, lo transfiere formalmente al pueblo y en la práctica se lo adjudica a si misma, instituyendo una nueva forma de despotismo que, enmascarado bajo la consigna de la igualdad, no elimina la violencia sino la ejerce en nombre de los nuevos ideales. Los individuos son iguales ante la ley, pero de hecho no son iguales en rango ni en poder, por lo que el contrato es una hipocresía o un autoengaño. La ley obliga formalmente a todo el mundo, pero favorece sólo a algunos, quita demasiado a unos y no concede lo suficiente a otros, por lo que los derechos instituidos no están al alcance de todos y no dejan de ser privilegio de algunos en una sociedad donde en realidad existe desigualdad. Las relaciones que los hombres establecen bajo el signo del contrato son también intransitivas, no reversibles, no recíprocas, desequilibradas. Por ejemplo, el juramento de respeto a la propiedad es una injusticia porque no tiene efectos iguales sobre todos los individuos que lo pronuncian; con ese juramento el rico encadena al pobre; sólo el rico tiene interés en él; el pobre se compromete a algo que no puede ser hecho respecto a él, no hay reciprocidad posible. Este juramento desigual otorga al pueblo el derecho a robar. El robo es una acción digna de elogio puesto que contribuye a la igualdad que tanto se pregona; robar no es un mal sino algo lógico en un Estado que preconiza la igualdad pero no equilibra las riquezas; el contrato de respeto a la propiedad es una injusticia que exige al que no tiene nada que respete al que lo tiene todo.

La exaltación del robo es una crítica irónica a los valores de honestidad, igualdad y reciprocidad que esgrime la burguesía. Sade dice en un panfleto titulado Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, que se repartió en las barricadas de París de 1848, que las palabras libertad, igualdad, república y pueblo soberano significan que todos los ciudadanos han de ser consultados para cada decisión política que se tome, que los gobernantes son gestores de la voluntad del pueblo y que cualquier otra forma de actuar políticamente recibe el nombre de despotismo. El único terreno -añade- en que el despotismo es socialmente inocuo es el de la lujuria: cuando el cuerpo está tocado por ese placer que experimenta lo que quiere es más, quiere mandar y ser obedecido en aras de su satisfacción y quien diga lo contrario miente. En la lujuria todos somos déspotas, y si la dosis de voluntad de dominio que la naturaleza ha puesto en cada criatura humana se permite en ese campo no se ejercerá en el político, donde el despotismo sí hace estragos y construye una sociedad tiránica y desigual.

Por otra parte, el cinismo que conduce a Sade a la exaltación del robo es también una crítica a la creencia en que el contrato elimina la violencia y la inseguridad de la vida de los ciudadanos.

Bajo el contrato late el dictado de los más fuertes, que no ponen fin al estado de guerra sino que lo administran en su favor. Sade mete el dedo en esta incómoda llaga y lo hace con insolencia. Sin contemplaciones, de manera altiva, provocadora, fiera y caricaturesca, Sade, en la ficción, pone a los hombres a ejercer al desnudo, a pelo, la misma crueldad que la sociedad real ejerce arropándose en un discurso político y en la idea de justicia, con lo cual arranca las máscaras que comúnmente se ponen a las fuerzas oscuras para hacerlas aceptables. Su lógica es la siguiente: en la desigualdad se trata de ocupar la mejor parte, de estar en el lado del que mejor vive; si el mundo está, como siempre, repartido entre señores y siervos, es preferible ser amo que víctima. La solución al mal es hacerlo; entrar en la categoría de quienes lo hacen es no estar en la de quienes lo padecen. Si el vínculo entre los hombres se basa en el engaño, mejor ser mentiroso e hipócrita que engañado. Si no existe reciprocidad en los intercambios, mejor es practicar la ingratitud y la traición que padecerlas.

Y si el asesinato no va contra la naturaleza sino sirve a sus planes de destrucción, ni va tampoco contra la sociedad, porque a la sociedad en su conjunto –amenazada además por el excedente de población– le es indiferente contar con un miembro más o menos, instituir leyes que prohíban el derramamiento de sangre es improcedente además de una hipocresía:

«El asesinato es uno de los grandes recursos de la política; Roma se adueñó del mundo a base de asesinatos y Francia es hoy libre a fuerza de asesinatos, pues guerras y revoluciones, al igual que los odios personales y las venganzas individuales, lo que producen son asesinatos; ese es el nombre que recibe el acto en que un hombre mata a otro. La guerra no es otra cosa que la ciencia de la destrucción, y padece una extraña ceguera quien valora la guerra, enseña públicamente el arte de matar y además recompensa a quien mejor lo logra, y sin embargo castiga a quien se deshace de su enemigo por una causa particular.»

De la misma manera, la tortura y el suplicio se definen como daño al cuerpo, mutilación y degradación, y dañar el cuerpo es tortura aunque se inscriba en la referencia del Derecho. Además, esa cubierta de justicia no elimina un efecto inconfesable pero cierto de la tortura: el goce. La violencia hace gozar, hace gozar al legislador, al verdugo y a los espectadores, por eso los suplicios –desde la horca hasta la guillotina, pasando por descuartizamientos varios– congregaban a la gente sin necesidad de empujarla a mirar por la fuerza. El dolor ajeno es un espectáculo que proporciona cuanto menos el placer de la comparación: es el otro quien sufre, no yo, es al otro al que aplastan, no a mí. Ese placer de la comparación, la certeza de estar en el lado favorecido de la desigualdad –además del goce animal de ver sangre– es lo que llenaba de espectadores los circos romanos y las plazas en días de ejecución, y es lo que nos mantiene ante los informativos televisivos que muestran guerras, accidentes y desastres, cuerpos ensangrentados y cadáveres que observamos sin reparo, incluso mientras comemos.

Por otra parte –sigue Sade– reprimir el asesinato mediante el asesinato, castigar el crimen con el crimen, que en eso consiste la pena de muerte, es una incongruencia. Suprimir el crimen multiplicándolo o multiplicar el crimen para suprimirlo es una extraña aritmética que solo resulta normal a los verdugos o a los imbéciles. La ley que atenta contra la vida de un hombre es moralmente inadmisible. Por naturaleza se puede quitar la vida a otros, pero ese privilegio no lo tiene la ley, que se opone a la naturaleza y no está autorizada a cometer los mismos extravíos; sus motivos no son los mismos y no tiene los mismos derechos.

Desde todas estas consideraciones Sade inventa un universo arcaico ajeno a toda ley, reciprocidad, equivalencia e intercambio, un universo de verdugos y víctimas donde la compasión no existe, un mundo sin reglas, sin honor y sin contrato donde domina la fuerza, la astucia y la explotación ilimitada de unos hombres por otros, en particular de su cuerpo. En ese mundo ficticio las víctimas, beldades, tienen un cuerpo pasivo, instrumental y sufriente del que se sirve el cuerpo activo del amo libertino gozador, generalmente viejo y siempre noble o potentado. El amo lo es por nacimiento y fortuna heredada o porque usurpa el poder y lo ejerce; para vivir en el reino del placer hay que tener dinero y posición social, con lo que Sade tiene en cuenta que los abusos y excesos a los que puede llegar un hombre no son producto exclusivo de su naturaleza, sino también de su poder. Las víctimas están en función del gozo del amo, al servicio de su placer, y son inocentes: no pagan un error o una culpa; la tortura no es un castigo justificado por una intención y una finalidad éticas, no simboliza –como sucede en la violencia institucionalizada– el pago de un error o de una deuda. El suplicio es gratuito y no hay enfrentamiento dialéctico entre amos y esclavos: las víctimas no presentan oposición, constituyen una masa anónima incapaz de sublevación. La escritura de Sade es inverosímil por varios motivos; el que ahora viene al caso es que las víctimas son muchas frente al pequeño número de señores, temen por su integridad, saben que van a ser inmoladas, conocen su ruina irremediable pero no conspiran ni se levantan, no huyen salvo alguna como Justine, que inmediatamente es atrapada por el mismo o por otro secuestrador. La víctima es el maniquí de un experimento cruel, la pieza de una demostración. No hay realismo en los suplicios que Sade describe, la sangre apenas mana en el relato. Se sabe, el lector sabe, supone que mana, pero hay elipsis, el escritor no se regodea en eso; muestra mazmorras, instrumentos de tortura y exhibe el gozo que el suplicio produce en el cuerpo del libertino, pero no los rostros descompuestos, los temblores, las súplicas, las carnes reventadas, ni existe nada parecido a esa relación psicológica de sujeto a sujeto entre víctima y verdugo a la cual responde paradójicamente el concepto de sadismo. Lo único realista que las víctimas hacen es llorar y sobre todo gritar, lágrimas y gritos que, como los alaridos de placer, el semen, la orina, las heces, la sangre o el sudor, forman parte de lo que segregan los cuerpos en la orgía.

El déspota libertino necesita víctimas porque el terreno en el que ejerce su ilimitado poder es el placer, un placer que requiere satisfacción inmediata sin posibilidad ni de negativa ni de dilación.

Para ello el otro no puede tener capacidad de réplica, resistencia o insumisión, es decir, ha de ser un esclavo impotente respecto al cual el gozador carece del sentimiento de reciprocidad. A veces las víctimas gozan, sienten placer; lo que no tienen jamás y en absoluto es poder.

En esta faceta del universo que Sade pone en la literatura puede verse una feroz y precoz lucidez sobre el horror que encerraba el nuevo orden político y económico, sobre lo tenebroso que yacía agazapado en el proyecto de dominar la naturaleza mediante el trabajo. La razón aplicada al productivismo genera una explotación legítima, tranquila pero implacable del cuerpo, de la materia humana en la lógica laboral, algo que Sade no denuncia exactamente ni critica explícitamente, salvo acaso cuando presenta, esta vez de manera realista, el armazón social de la época en todas sus obras: los libertinos pertenecen a la aristocracia o a la clase ascendente de burgueses y financieros exageradamente enriquecidos, y las víctimas al subproletariado industrial urbano o a la servidumbre de una feudalidad rural que aún subsistía. Las víctimas son cuerpos, género reclutado por suministradores que los amos tienen en nómina y ofrecido a la lascivia de los ricos de edad madura cuya potencia sexual, debilitada o apagada, es susceptible de encenderse solo en prácticas eróticas de perversión extrema. Estas prácticas, a veces criminales, resultan impunes por la colusión entre riqueza y poder político, porque la ley no rige para los dueños del Estado, amos del capital y amos de la ciudad, cuyo oro y nombre desafían unas leyes definidas por Sade como plagas que solo deben herir al pueblo.

Estos datos son elementos directos y explícitos de denuncia, pero lo que Sade hace –o lo que puede verse que hace– es trasponer a la orgía, de manera esperpéntica, pero enunciativa y literal, lo que hacen con los cuerpos la razón burguesa triunfante y la nueva economía. Estas palabras, que el duque de Blangis –uno de los cuatro amigos que organizan la estancia de 120 días en el castillo de Silling– dirige como recibimiento a los efebos y doncellas que ha reclutado, podrían ser pronunciadas por un patrón de fábrica durante la revolución industrial o por un directivo de multinacional que careciera de pelos en la lengua para dejar claro a los empleados de esos nuevos Sillings que son los centros comerciales cuánto y cuál es el poder del capital:

«Seres débiles y encadenados, destinados únicamente a nuestros placeres, no supongáis que os será concedido en estos lugares ningún tipo de dominio [...] La obediencia es la única virtud que os aconsejo que utilicéis, es la única adecuada para el estado en que os encontráis [...] Recordad en todo momento que os utilizaremos a todos, y ni uno solo de vosotros debe jactarse de inspirarnos el sentimiento de la piedad [...] Vuestro servicio será rudo, penoso y riguroso; debo, pues, recomendaros exactitud, sumisión y un olvido absoluto de vosotros mismos para escuchar únicamente nuestros deseos. No porque tengáis mucho que ganar con esa conducta, sino porque tendríais mucho que perder si no la observáis [...] Pensad que no os contemplamos como criaturas humanas, sino como animales que se ceban para el servicio que se espera de ellos y que son aplastados a golpes cuando se niegan a dicho servicio.»

Sade no fue un precursor del marxismo ni disparates parecidos, pero sí un hombre de extrema sensibilidad –física y espiritual– en un mundo exasperado y convulsionado, un escritor desmesurado y contradictorio que, conscientemente o no, intuyó lo monstruoso que el nuevo orden contiene o engendra. Sade no es una sombra maldita en el siglo de las Luces, es mucho más perturbador e importante que eso: es la luz sobre los cimientos sombríos y sobre la explotación de unos hombres por otros en que se asienta el proyecto científico-racional de dominio de la naturaleza mediante el trabajo y el capital.

Otra lectura de lo mismo, no necesariamente excluyente de la anterior, es que Sade era marqués en el momento de los últimos estertores de la aristocracia como clase improductiva y parásita del resto de la sociedad, un grupo social que destinaba inmensos fondos a los placeres de la buena mesa y la lubricidad, al libertinaje.

El concepto de libertinaje apareció a comienzos del siglo XVII para designar un movimiento intelectual –al que pertenecía, por ejemplo, Gassendi– de disidencia y resistencia contra el dogma religioso; en la primera mitad del siglo XVIII aludía a la corriente filosófica materialista y sensualista, y a finales de siglo el término designaba una práctica generalizada de desenfreno aderezada con un rechazo de los principios religiosos y morales. Es esta última forma de libertinaje la que ponen en escena los textos de Sade. El universo que Sade imagina obedecería desde esta perspectiva a la exposición exagerada y esperpéntica de esa forma de vida, a la voluntad de aferrarse a ese mundo y de mostrar a la vez su flacidez y descomposición.

Contrariamente a la burguesía ascendente, que produce, acumula y ahorra, la aristocracia, decadente, rechaza la lógica de la productividad, consume bienes y servicios de lujo, gasta, dilapida, derrocha y hace de eso un signo de poder, gloria, prestigio y honor. El noble libertino se apropia de las riquezas producidas por otros y las gasta estérilmente –no las rentabiliza ni las reproduce– con el único fin de un goce que se da en la cima de una pirámide de explotación. Los grandes señores libertinos eran legión en la época de Luis XV y de Luis XVI, pero eran residuos de un proceso colectivo que estaba haciendo una inflexión, dando la vuelta de tuerca que desembocó en la Revolución. Eran, pues, final, no principio ni semilla ni madurez, eran residuo, es decir, podredumbre, zona putrefacta, caduca y moribunda de la sociedad. Eran decadencia, corrupción, y no sólo en sentido moral, sino materia fétida y en descomposición en una sociedad que se estaba renovando, algo parecido, salvando enormes distancias, a lo que hoy sucede con esa población sumida en la molicie a la que sus padres hacen los deberes, recogen las notas, apuntan en el paro y les compran la moto mientras la sangre en las venas pasa a ser cosa de emigrantes.

La aristocracia dieciochesca que Sade enfoca no hizo nada por adaptarse o reconvertirse adoptando las nuevas bases en que se asentaba la supervivencia; siguió por el contrario manteniendo la obligación del ocio y la extrañeza al trabajo como signo de código de clase y de reconocimiento entre iguales aunque ello, dado el cariz que tomaban los tiempos, significara su suicidio como grupo social. Hay algo de autoinmolación, de consumirlo todo antes de morir, de alimentar el fuego de la autoaniquilación en los excesos libertinos que muestran los textos del marqués de Sade. Sin embargo, en este juego de conceptos, dichos textos van más allá de estos particularismos, pues oponen un imperativo humano de placer al imperativo de productividad. Y el centro del imperativo de placer es el cuerpo.

El cuerpo que Sade presenta es materia excitable cuya única emoción es el gozo físico cuantificable, previsto y programado por una cabeza calculadora. El mundo del corazón –los sentimientos, afectos, dudas, ternura– algo que Sade el hombre conoce (lo sabemos por su correspondencia), no comparece en la obra del escritor, no está convocado a la ficción que construye el autor. La cabeza programa con frialdad y precisión las actividades del cuerpo, decreta y dispone el lugar de cada cual en la orgía, la sucesión de actos a realizar, las posturas, engarces y la cantidad de goce de cada cuerpo. Las novelas de Sade consisten en una sucesión continua y reiterada de disertaciones filosóficas y orgías; relatar no es para Sade hacer madurar una historia y llevarla a su desenlace, sino yuxtaponer con insistencia pensamientos y sexo. No hay trama apenas, ni efectos dramáticos, ni secreto, ni misterio, y los finales son tan arbitrarios como cualquier secuencia. Los personajes, que cuando no copulan especulan y viceversa, carecen de interioridad y perfil psicológico, son pretextos, no son sujetos y ni siquiera cuerpos: son órganos, carne intercambiable, tanto los libertinos como sus víctimas, y la acción consiste en órganos que se conectan, piezas de máquina que se engranan de modos muchas veces inverosímiles, fuera de toda la realidad. Sade compone cuadros eróticos, coreografía sexual, algo así como grupos escultóricos barrocos abigarrados en que los cuerpos no pueden humanamente hacer lo que él los pone a hacer: la complicación de las combinaciones, las contorsiones de los participantes, la dedicación de los gozadores, la resistencia de las víctimas, todo exigiría una naturaleza sobrehumana.

Lo que sucede es lo que los cuerpos hacen y siempre referido al placer. Los cuerpos se flagelan, se penetran, se maltratan, se mutilan, orgasman, vomitan, aúllan, orinan, lloran, gritan, comen, blasfeman, defecan, hacen estas cosas, las ven hacer o las hacen mientras las ven hacer. Y además, escuchan. El oído es un importantísimo órgano del cuerpo libertino.

«Entre los verdaderos libertinos se acepta que las sensaciones más vivas son las que se comunican por el oído, porque el goce procede de la cabeza, de la imaginación. No es la desnudez lo que excita al libertino, sino las palabras, que calientan la cabeza e incendian los sentidos.»

Las orgías de Silling están estructuradas sobre la palabra. Entre todo lo que se procuran para satisfacer y reponer su lubricidad, los cuatro amigos se proveen de cuatro narradoras o historiadoras, mujeres maduras con experiencia erótica desde la niñez, y se hacen contar, con todo detalle y por orden, cada episodio de su vida sexual. Mediante este recurso –que emparenta Las 120 jornadas de Sodoma con El Decamerón o Las mil y una noches– los libertinos llevan a la práctica con sus objetos eróticos cada uno de los gestos narrados.

El acceso del libertino al cuerpo deseado es inmediato; no hay dilación de ningún tipo en la satisfacción del deseo, el deseo es urgente y la respuesta automática; no hay búsqueda de objeto, ni galantería, ni retórica de acercamiento, ni espera, ni seducción, ni vestidos que se abren u horquillas que se caen. El gozador lo quiere todo y lo quiere ya, no concede ningún espacio a la eventualidad del no: quiere cuerpos desnudos y dispone en harenes y serrallos del género almacenado que alcahuetas y celestinas han reunido para él. El libertino dispone de todos los órganos y partes del cuerpo; no hay en los cuerpos partes y acciones con valor sexual y otras sin él, todo sirve para el goce. El libertino accede además a todos los cuerpos sin que le resulten obstáculos las prohibiciones o tabúes. Lo único perverso respecto a la naturaleza es el pudor, de resto todo cabe: incesto, homosexualidad, heterosexualidad, sodomía, bestialidad, cuerpos jóvenes, viejos o hermafroditas.

Algo a resaltar en la erótica de Sade es que, a excepción de los de déspota y víctima, todos los papeles y funciones eróticas son intercambiables: todo el mundo es activo y pasivo, fustigador y flagelado, coprófago y defecador, sodomita y sodomizado. Los individuos no se definen ni se clasifican en base a sus prácticas sexuales; no hay personas que son homosexuales o heterosexuales, ni homosexuales activos y pasivos. Las prácticas eróticas no confieren identidad a la gente; la identidad viene dada y establecida por el poder, no por el sexo. En el sexo lo que hay es travestismo, juegos de intercambiabilidad y permutabilidad. «Soy un animal anfibio –dice Mme de Saint Ange en La filosofía en el tocador–, todo me gusta, todo me divierte, reúno todos los géneros». Y dice Norcueil a Juliete en la novela que lleva por título este último nombre:

«Quiero casarme dos veces en el mismo día; a las 10 de la mañana quiero, vestido de mujer, casarme con un hombre; a mediodía, vestido de hombre, casarme con un bardaje como mujer.

Quiero más, quiero que una mujer me imite. Es preciso que, vestida de hombre, te cases con una lesbiana en la misma misa en que como mujer me casaré con un hombre; y que, vestida de mujer, te cases con otra lesbiana vestida de hombre.»

Aunque cuenta con stocks de cuerpos para garantizar su goce ilimitado, el libertino varón encuentra un obstáculo para gozar reiteradamente: el semen se gasta, el orgasmo es el fin, la energía sexual se agota. Ese es el único momento en que el amo pierde, en que su goce le cuesta la muerte del placer. Pero el relato continúa si continúa el goce, si el sexo es insaciable, si no nada hay ya que contar. Sade resuelve este delicado asunto, digamos este problema narrativo, de dos maneras. En primer lugar pone a los personajes a reponer fuerzas utilizando recursos varios: uno es dormir, que narrativamente hablando da poco de sí; otro medio, por la magia simpática, es ingerir semen de muchachos; también la flagelación es útil para recuperar el vigor perdido, pues es un remedio contra el agotamiento. Otras acciones contra el desfallecimiento son blasfemar y escandalizar, porque herir la sensibilidad de alguien «calienta la cabeza»; pronunciar palabras fuertes o sucias porque eso excita la voluptuosidad; o asesinar, porque presiona los nervios erectores y reanima. Pero lo mejor para reconstituir el cuerpo y devolverle las fuerzas después del gasto es comer. En la programación de las orgías un aspecto especialmente cuidado es la comida; los señores comen –también de manera increíble– menús suculentos y pantagruélicos, y las víctimas comen; en especial Sade se complace en describir los manjares con que los verdugos restablecen a las víctimas extenuadas por sangrías (no por compasión, sino para poder seguir disponiendo de ellas). Los proveedores de alimentos y los cocineros de las orgías son intocables.

La segunda forma en que Sade soluciona el problema de cómo siguen gozando unos libertinos que son varones y viejos, teniendo en cuenta que la producción de semen es limitada y baja con la edad, es dar la espalda a la realidad y hacer ciencia ficción:

«El duque de Blangis medía 5 pies y 11 pulgadas, poseía miembros de gran fuerza y energía, articulaciones vigorosas y elásticas, rostro viril y altivo, hermosos ojos negros, bellas cejas oscuras, nariz aquilina, hermosos dientes, aspecto de salud y frescura, hombros anchos, torso amplio, bellas caderas, nalgas soberbias, hermosas piernas, fuerza de caballo y miembro de mulo dotado de la facultad de perder esperma tantas veces como quisiera en un día incluso a la edad de 55 años que entonces tenía; su miembro, de 8 pulgadas de contorno y 12 de longitud, podía eyacular hasta 18 veces en un día sin que se le viera más agotado en la última eyaculación que en la primera.»

Hay otra combinatoria y otra saturación además de las de los cuadros eróticos barrocos de la que gusta mucho Sade, vinculada por completo al goce de la cabeza y a su gran capacidad de provocación. En la realidad sólo hay cuerpos que se conectan, no incesto, vicio, pecado o adulterio; eso son etiquetas que construye el lenguaje, son una cuestión de sentido, no de realidad. Es en la cabeza donde se combinan las etiquetas que las convenciones ponen a los cuerpos, y la combinatoria en ese registro produce el goce enorme de la transgresión:

«Mira todo lo que hago al mismo tiempo –le enseña a su discípula Eugénie Mme de Saint Ange mientras es sodomizada por su hermano: escándalo, incesto, mal ejemplo, adulterio y sodomía. Un hombre copuló con tres vástagos que tuvo con su madre entre los que había una hija que se había casado con su hijo, de modo que al fornicar con esta última lo hacía con su hermana, su hija y su nuera y obligaba a su hijo a copular con su hermana y su suegra.»

En la cita de Juliette que leímos antes, dado que las esposas y esposos de Norcueil eran sus hijos e hijas, y los de Juliette su hijo y su pupila, las uniones descritas eran a la vez travestidas, homosexuales e incestuosas.

Además de la perversión cifrada en tan truculenta combinatoria, los personajes de Sade se entregan a otros trances eróticos, la sodomía y sobre todo la coprofagia, que muestran hasta donde puede llegar la literatura en manos de un espíritu rebelde, atrevido y rabioso, dotado de una vigorosa imaginación maléfica y de una ilimitada sed de transgresión. Sade, como dijimos, pasa la sangre bastante por alto, no la elude pero la elide; no así las prácticas escatológicas, en las que se regodea a lo largo de páginas y páginas. Sade pone al mismo nivel el cuerpo noble y socialmente valorado del aparato reproductor y el cuerpo vil, despreciado, oculto y vergonzoso del aparato digestivo y excretor, cuya relación con el gozo no se denomina vicio ni pecado sino abominación y aberración porque el interdicto social al respecto es absoluto. Todo lo demás que Sade muestra puede ser tolerado por espíritus no excesivamente puritanos porque, al fin y al cabo, son prácticas que, legitimadas y ritualizadas desde distintas instituciones, son aceptadas socialmente y sobre todo lo eran en tiempos de Sade: la gente entonces era comúnmente sometida a la tortura de la sangría –como hoy lo es a la de la quimioterapia o a operaciones reiteradas bien entrada la vejez–  por una ciencia médica que creía en la efectividad de ese tratamiento y lo consideraba un bien; los suplicios se ejecutaron públicamente durante siglos y además eran descritos con toda precisión y lujo de detalles tanto en las sentencias de los jueces como, una vez efectuados, en la información local, verdadera literatura de la atrocidad; piénsese además que, en el momento en que escribe, Sade , para inspirarse, sólo tenía que mirar por la ventana y observar lo que se hacía en unas calles desquiciadas en nombre del pueblo soberano; la flagelación o demanda de azotes era trivial en el siglo XVIII, un servicio que prestaba cualquier burdel a varones que de muchachos habían sido azotados en la escuela como un medio de corregir conductas admitido por todos. Sade despoja a estas prácticas de la finalidad judicial, educadora, médica o política indicando con ello que son despóticas en sí, lo cual hace de él un crítico virulento, o si se prefiere, un provocador o simplemente un impertinente, como esos niños que dicen verdades inconvenientes; en cualquier caso, esa manera de ser obsceno, en la que es un maestro, hace de él mucho más que un pornógrafo.

Pero su complacencia en la escatología, su trato campechano con lo repugnante es lo que no perdonan quienes no le perdonan.

Ese terreno bajo y vergonzoso no ha sido dignificado o valorado por ninguna elocuencia.

Sexo y sangre se han confesado más o menos en todas las culturas, han adquirido formas socialmente reconocidas e incluso sagradas: orgías y prostitución rituales, bacanales, sacrificios humanos a los dioses, guerras, torturas para extraer confesiones, etc. Pero el tabú sobre la basura, sobre los desechos del cuerpo es total; eso es lo inconfesable, lo indisfrazable, lo degradado, lo miserable, lo indigno, lo abominable, el signo mismo de lo que está prohibido. Pues bien, Sade, igual que adora la blasfemia, une lo asqueroso y lo delicioso y convierte el excremento en objeto de deseo, cosa que no hizo ni Diógenes el cínico, que también era un provocador y también aprovechaba –para la necesidad, no para el placer– todo lo que produce el cuerpo, abogando, por ejemplo, por la ingestión de cadáveres como una forma de autosuficiencia mediante retroalimentación. Sin embargo, lo que Sade enuncia con descaro inaudito tampoco debe sorprendernos tanto, ya que mierda, basura, es lo que simbólicamente consumimos con fruición y adicción millones de gozosos telespectadores.

Para hablar del desperdicio y de lo fétido Sade no recurre a eufemismos retóricamente admitidos ni a términos asépticos médicamente autorizados, sino al lenguaje soez y grosero del vulgo, con lo que además de unir lo noble y lo vil en el cuerpo introduce lo plebeyo en el espacio aristocrático, digamos que da entrada a los piojosos en los salones señoriales. Como el tabú que se extiende sobre lo excremencial es el más fuerte y riguroso de todos, el placer que se alcanza al transgredirlo es extremo también, como extremo es el asco que produce su lectura. Por otra parte, ese placer es muy rentable para unos gozadores incansables: las secreciones fecales son inagotables, no merman con la edad y pueden producirse a voluntad con sobrenutrición e indigestiones logradas mediante un conocimiento científico de la dieta. También por eso la comida es protagonista en los relatos de Sade.

La pasión coprofílica –que por cierto estaba de moda en las orgías reales de aquella aristocracia hastiada– tiene, además de los expuestos, otro motivo de fascinación para Sade: está ligada al ano, y la faceta erótica del ano, la sodomía, no es para él un ejemplo más de la casuística sexual, sino la principal y la más deseable de las prácticas eróticas.

La sodomía no está relacionada con la homosexualidad masculina, sino con la indiferencia entre los géneros y con la intercambiabilidad y sustituibilidad de los cuerpos, pues todos los individuos están igualmente provistos de esa zona erógena que conserva excitabilidad toda la vida.

La sodomía permite que los cuerpos hagan simulacros de metamorfosis y jueguen a la bisexualidad, la transexualidad y el travestismo: «¡Es tan agradable –dice Dolmancé, personaje de La filosofía en el tocador– cambiar de sexo, entregarse a un hombre que nos trata como una mujer, llamar amante a ese hombre y declarase su querida, y luego hacer al revés!». Además, la sexualidad anal es estéril, ajena a la procreación y por tanto gratuita, lúdica. La analidad destituye el imperativo de reproducción y el orden religioso, familiar y conyugal montado en torno a él.

Sade posee el gusto didáctico de su siglo y lo plasma especialmente en dos de sus obras, La filosofía en el tocador o «los preceptores inmorales», y Las 120 jornadas de Sodoma, subtitulada «la escuela de libertinaje». La principal de las lecciones que los maestros libertinos enseñan a sus pupilos, sobre todo a sus pupilas, es a destronar la vagina como órgano sexual privilegiado y a preferir el ano, porque elegir el ano en lugar de la vagina supone elegir la filosofía en lugar de la religión, el gozo libre en lugar de la procreación, la libre circulación sexual en lugar del orden familiar, y la multiplicidad de papeles eróticos, intercambiables además, en lugar de los figuras fijas de macho y hembra.

El derrocamiento de la vagina no es un desprecio o un atentado contra la mujer; por el contrario, es lo que le da poder porque la libera del destino de madre y esposa al que lleva siglos condenada. Si no se identifica con la vagina y accede al goce anal la mujer alcanza un poder que el hombre ya tiene y adquiere una libertad sexual que no es la de la prostituta –que pertenece al orden de la familia– sino la de la libertina, que circula libremente dándose y tomando a quienes ella desea.

A diferencia de la prostituta y de la esposa, la libertina es sujeto de deseo; habita, como el hombre, el círculo del poder y del goce, aunque en un principio –dice un Sade visionario– lo que haga con su libertad sea vengarse de los hombres por haberla despreciado y ultrajado durante siglos. Bastantes fragmentos de Sade aluden a la pertenencia de la mujer a un hombre y a su obligado recato sexual como una injusticia de las costumbres y un absurdo. Conceder valor al himen, creer que la virtud de una mujer depende de un poco más o un poco menos de anchura en una de las partes de su cuerpo es una simpleza, como es una equivocación creer que el matrimonio significa la felicidad para una muchacha. Si, como se dice en el siglo, todos los hombres han nacido libres e iguales, no cabe otorgar derecho legítimo a un sexo para que se apodere del otro; el acto de apropiación solo puede ser ejercido sobre un inmueble o sobre un animal.

«Esperemos que se abran los ojos y que al garantizar la libertad de todos los individuos no se olvide la suerte de las infelices muchachas [...] El cuerpo de una mujer le pertenece solo a ella, ella es la única en el mundo con derecho a gozar de él y a dejar que goce de él quien se le antoje [...] Los vínculos que encadenan una mujer a un hombre son bárbaros, como bárbaro es, además de ridículo, asociar el honor y la virtud de las mujeres a la resistencia que oponen a las inclinaciones sexuales, algo tanto más llamativo cuanto que, cuando ceden, son censuradas y castigadas por los mismos que las seducen y se esfuerzan con empeño en provocar su caída [...] Un pueblo libre no puede seguir censurando el acto de ceder a los impulsos de la naturaleza como si todavía se tratase de un pueblo cautivo [...] La pertenencia a un hombre es tanto más atroz y los prejuicios que contienen a las mujeres son tanto más injustos cuanto que la naturaleza ha dado a las mujeres una fuerza sexual superior, capaz de agotar a cuatro o cinco hombres seguidos; la mujer ha sido dotada para el placer con mucha mayor profusión que los hombres, su capacidad de gozo es mayor y aumenta, no disminuye, con la edad, por lo que su inclinación a la lujuria es más violenta por naturaleza que la de los hombres. La continencia es imposible para el físico de las mujeres y absolutamente inútil para su honor, por eso, al igual que los partos, la lascivia embellece a las mujeres: Compárense dos mujeres de edad y belleza semejantes, una de las cuales vive en el celibato y otra en el libertinaje; ya se verá cuanto más brillo y frescura tiene esta última.»

Quizá por esa superioridad de las mujeres en el placer, son ellas las que hablan en primera persona en las novelas de Sade; los héroes masculinos se cuentan en tercera persona o están en el interior de relatos femeninos. Justine, y sobre todo Juliette, son personajes mayores, ningún varón tiene esa envergadura, y el placer en Silling lo organizan los hombres, los cuatro amigos, pero lo mantienen las mujeres: lo que sucede en el castillo, como dijimos, es la imitación y puesta en escena de lo que cuatro experimentadas libertinas cuentan.

Las personas libres –sigue Sade–, hombres o mujeres, no han nacido para el matrimonio, eso es una leyenda absurda que no debemos acatar. No se trata de divorciarnos porque eso multiplica, no destruye, el matrimonio y nadie nos asegura que en un segundo vínculo encontraremos la felicidad que nos ha negado el primero. El amor es una desgracia que es mejor no conocer; esa embriaguez de existir a través de otro tiene por efecto la locura y la desesperación cuando no podemos tener al objeto que queremos. La base del amor es el deseo, y concentrar el deseo en una sola persona no es que sea malo en sí, pero no se conocen muchos ejemplos de relaciones amorosas que no se hayan deshecho tras algunos meses de gozo. Huyamos, pues, del amor si nos asalta, deseemos a múltiples objetos y vivamos en constelaciones eróticas más que en matrimonios. Esa forma de vida entraña el peligro de que no se sepa quién es el padre de los niños, pero Platón y otros proponen que los hijos lo sean de la comunidad, y la familia no es la única institución capaz de educarlos. Y además no hay necesidad de engendrar, la voluptuosidad y el espíritu procreador son cosas independientes; es fácil destruir el embarazo si por imprudencia llegara a producirse, aunque lo mejor es preservarse de esa eventualidad usando anticonceptivos (2) y, sobre todo, gozando con partes del cuerpo que, siendo erógenas, son estériles. Ese es otro gran valor de la sodomía.

El rechazo del imperativo reproductor es para Sade deseable porque permite, como dijimos, la libertad sexual; también porque, al tanto de la naciente Economía política, no cree, contra la mentalidad monárquica, que un estado sea grande en virtud de su gran población; y además porque sirve a sus fantasías de destrucción: la sodomía afecta a la propagación de la especie, pues si esa forma de sexualidad fuera exclusiva se llegaría a la extinción de la raza humana, cosa que a la naturaleza le es indiferente y al marqués de Sade le encantaría:

«¿Cuántas veces, me cago en Dios, no habré deseado que se pudiera atacar al sol, privar de él al universo o utilizarlo para abrasar el mundo? Pero mi imaginación ha estado siempre muy por encima de mis medios.»

Y es que Sade no sólo era un hombre lúcido, visionario a veces respecto al giro que tomarían las costumbres, sino también un hombre exasperado. Tenía la rabia y la desesperación del encarcelado.

De los 74 años que vivió, 27 los pasó encerrado, a veces, las menos, por méritos propios y siempre por ser un hombre inclasificable, molesto y carne de prisión en todos los regímenes políticos por los que pasó Francia en aquel agitado siglo: Monarquía, Revolución, Terror, Directorio, Imperio, Restauración. Muchos de los datos que tenemos de su vida proceden de informes policiales, pues desde los 22 años hasta su muerte, incluso en los periodos de libertad, fue seguido y espiado por inspectores de costumbres pertenecientes a los distintos y sucesivos ministerios del Interior.

Salvo alguna que otra fechoría de carácter grave, que las hizo, Sade era un marqués bastante normal con respecto a sus actos teniendo en cuenta el enorme poder que entonces tenían los señores. Pero no era normal en su actitud. La mayor parte de los libertinos prescindían de la virtud pero nunca de las apariencias, algo que Sade, ni con sus actos ni mucho menos con su pluma, se ocupó nunca de cuidar. No se resguardaba, no se protegía. Las manifestaciones externas de piedad continuaban siendo de rigor pese al proceso imparable de secularización de la sociedad, pero Sade no era prudente, y además de no pisar una iglesia usaba la profanación de símbolos cristianos y la blasfemia como potentes afrodisíacos. Seducido por los conceptos de corrupción, vicio y pecado, el escándalo excitaba sus sentidos, y las prostitutas a las que asustaba de estas y otras maneras terminaban denunciándolo en comisaría. Tampoco hubieran tenido gran trascendencia estas denuncias si Sade hubiera sido lo que se dice un adulto cabal, pero no lo era. Carecía de las ambiciones que se esperaba que tuviera un caballero de su rango; era en cierto sentido un desclasado, un sujeto marginal que defraudó una tras otra las expectativas que sobre su porvenir tenían su familia y su casta: abandonó el ejército, ocupación habitual en la nobleza de sangre o espada a la que pertenecía; no hacía la vida social habitual en su estamento; dilapidó sus bienes, y cuando colaboró con la Revolución, a pesar de que los jacobinos utilizaron sus dotes retóricas y dramáticas para que compusiera y pronunciara a la nación importantes discursos, por ejemplo el del entierro de Jean Paul Marat, siguió siendo sospechoso porque era marqués. Además, su sentido de la realidad era bastante precario; nunca dejó del todo atrás la infancia soberana o la adolescencia traviesa y tuvo, hasta que fue ya irremediable, una peligrosa sensación de invulnerabilidad. Su familia, en particular su suegra, a la que en principio caía en gracia, tapaba o deshacía sus entuertos y amainaba sus encontronazos con el aparato judicial [...] hasta que dejó de creer en él; entonces se convirtió en su enemiga y utilizó el mismo aparato judicial para borrarlo del mapa, como solía hacer la aristocracia con los parientes díscolos o incómodos y como siguió haciendo la burguesía hasta hace relativamente poco recurriendo a los manicomios y a otras instituciones de reclusión para gente bien descarriada. Sade nunca llegó a comprender que sus sesiones con prostitutas fueran motivo de denuncia y menos aún de condena; en su opinión el único delito contra una prostituta era no pagarle, y se quejaba, con razón, de la desproporción entre sus delitos y sus castigos:

«Me han privado de mi libertad y de mi virilidad por hacer lo que hacen las personas que están en el poder.»

Víctima de su particular carácter insolente y rebelde, Sade fue víctima además del pulso que existía en Francia entre dos poderes judiciales: el monárquico, sometido a la arbitrariedad del rey, y el parlamentario, ejercido por burgueses ascendentes que se cebaron en él, lo usaron como chivo expiatorio para sentar precedentes contra el libertinaje aristocrático y se preocuparon de que fuera noticia en los nuevos medios de comunicación antimonárquicos, lo que empezó a erigirlo ya en vida como un monstruo de depravación cuando aventuras más violentas que casi todas las suyas quedaban silenciadas e impunes. Pero, sobre todo, Sade fue víctima de sus escritos, considerados intolerables y perniciosos para las costumbres por Luis XVI, por Robespierre y por Napoleón; sus obras causaron su ruina incluso en los momentos –que los hubo– en que el azar dispuso las cosas a favor de su libertad.

Lo cierto es que Sade fue reo, prisionero, cautivo, un recluso, un proscrito; su cuerpo libertino devino cuerpo encarcelado, y esta circunstancia, que hizo de él un hombre enjaulado y hostigado por el sufrimiento y la ansiedad, influyó, supongo –además de la mística del mal y de las sombras de la razón que normalmente se esgrimen como causa de su literatura–, en el tipo de textos que puso en el mundo, textos reiterativos, monótonos, repetitivos, desquiciados, crudos, crueles, crispados e insoportables como las horas, días, meses y años de prisión. Hay que estar muy solo y ser muy desgraciado para imaginar con esa insistencia y esa furia miles de páginas de violaciones, torturas y fornicaciones; de hecho, su obra más alegre, La filosofía en el tocador, escrita en libertad en 1795, es un libro cándido, casi un cuento de hadas al lado de Los 120 días de Sodoma, compuesto en La Bastilla cuando creía que su condena era perpetua.

Puede verse, por tanto, también, entre otras cosas, la obra de Sade como literatura carcelaria, como la válvula de escape de un hombre sensible y desesperado. El prisionero Sade trataba con insolencia a sus carceleros y con impaciencia y reproches a quienes intentaban sin éxito ayudarle a salir; maquinaba, como todo recluso, su evasión, que a veces logró, y despotricaba contra quienes le encerraban; tenía obsesión por los números, paranoia con el seis, descifraba códigos numéricos ilusorios y veía señales inexistentes en las cartas que le llegaban del exterior; tenía fantasías y ensoñaciones culinarias y confeccionaba minuciosos menús; unas veces vivía cómodamente rodeado de muebles, cuadros, vinos y libros de su elección, y otras habitaba lúgubres y mugrientas dependencias acompañado por pulgas, piojos, arañas y ratones; paseaba cuando se lo permitían y gritaba cuando se lo prohibían; padecía escozor crónico en los ojos por mirar de frente al sol cuando lograba verlo, y suplicaba manteca de cacao, ungüento de trementina y un cojín con agujero para sus proverbiales hemorroides; daba cuenta en sus cartas y diarios de una copiosa actividad sexual con consoladores que su mujer, que le visitaba, encargaba en el mismo establecimiento que surtía de objetos parecidos al señor arzobispo de Lyon; se enteraba impotente de que sus castillos se desmoronaban y pudrían saqueados por aldeanos insurrectos que además cazaban en sus bosques; conservaba, incluso viejo, gordo y solo, exquisitas maneras hasta cuando arrastraba su andar pesado por los corredores; y, dependiendo de qué ministros, alcaides o carceleros le vigilaran, escribía a su antojo o era drásticamente privado del acto de escribir.

Sade escribía compulsivamente, a veces desde las 7 de la mañana hasta las 10 de la noche, y obras de todo tipo, no sólo «los libros más perversos jamás escritos» sino también novelas convencionales, cuentos, relatos históricos, ensayos, diarios y teatro -comedias, óperas, pantomimas y tragedias de estilo tradicional. Tuvo ocasión de dirigir y escenificar sus obras de teatro en el sanatorio de Charenton durante la última de sus reclusiones, cuando dirigía esa institución F.

Coulmier, un reformador de amplia cultura que prefería para los internos curas psicológicas mediante actividades artísticas a las oraciones, purgas, dietas y sangrías al uso, y que brindó a Sade algunos de los años más apacibles y tolerables de su tortuosa vida. Pero esa paz terminó cuando Coulmier con su –anacrónicamente hablando– reforma psiquiátrica fue destituido, justo en el momento en que el teatro de Charenton, donde Sade hacía de director, apuntador, sastre, iluminador, tramoyista, escenógrafo y agasajador de invitados, se había convertido en una notable atracción para los ciudadanos de París, fascinados por los espectáculos que ofrecía ese reducto reservado a los desechos psíquicos y morales de la sociedad.

Antes de sus arrestos Sade tenía vocación de escritor: guardaba copia de todo lo que escribía y tomaba notas de viaje con la intención de redactarlas en un momento en que los relatos de viaje –pretextos para disertaciones históricas y filosóficas y para resaltar la relatividad de las costumbres y convenciones– estaban de moda. Pero su vocación se desató en la cárcel, donde escribió mucho más de lo que conservamos; atendiendo a un catálogo de sus obras que Sade redactó en 1788, quedan menos de la mitad. El resto fue destruido por los censores en las muchas operaciones de limpieza espiritual de sus celdas, o se perdió en los múltiples traslados del reo, algunos sin aviso previo, desnudo y en plena noche.

Los censores revisaban su correspondencia, algo de lo que Sade se defendía mojando la pluma en zumo de limón, que hace invisible la escritura, o usando para los términos sexuales metáforas y sobrenombres convenidos con su esposa, Renée Pélagie de Montreuil, marquesa de Sade, principal destinataria de sus cartas. Además de controlar sus cartas, las autoridades destruían sus obras cuando lograban encontrarlas en los escondites que el preso ingeniaba, pero lo que pretendían por encima de todo era que no las escribiera, por lo que en varias temporadas a lo largo de sus encarcelamientos Sade tuvo rigurosamente prohibido el uso de papel, pluma, tinta o cualquier instrumento de escritura. Por ello, junto con la reclusión de su cuerpo Sade padeció la retención del acto de escribir, se le despojó de ese flujo irreprimible y placentero, a la vez mental y material, que se segrega cuando se escribe como él lo hacía: con furor, con vicio, alcanzando los únicos éxtasis sanos que le quedaban a su hedonismo amordazado. Le quitaron la pluma, le quitaron el dedo de la pluma y el deslizarse de la pluma sobre el papel dibujando su letra apretada y punzante, a veces tachada o subrayada con trazos rectos y enérgicos que preserva estrictamente el margen izquierdo del papel. Le cercenaron esa física y el caudal de lucidez, imaginación y rabia que vomitaba a través de ella. Sade buscó clandestinamente objetos y ocasiones para escribir, pero sobre todo crió una impotencia, una desolación y un deseo de aniquilación que hace que casi queden cortas sus palabras antes citadas:

«¿Cuántas veces, me cago en Dios, no habré deseado que se pudiera atacar al sol, privar de él al universo o utilizarlo para abrasar el mundo?»

Además de por el placer que le deparaba, Sade escribía en la cárcel por un motivo práctico: tener dinero, si alguna vez salía, porque a su modo de vida como marqués se lo había tragado la Historia. La pornografía se pagaba bien, la industria de la indecencia estaba bien remunerada, y Sade tenía contactos con libreros e impresores de textos eróticos en Holanda y en Marsella. Los libros que, anónimamente y camuflados, se publicaron, arrasaron; de Justine salieron seis ediciones en diez años. Sin embargo, Sade se convirtió en un pornógrafo porque no tuvo suerte –aparte de en su vejez en Charenton– con su género preferido, que era el teatro. Había hecho teatro en el mismo colegio jesuita donde un siglo antes se educara Molière y luego en veladas familiares, incluso construyó una pequeña sala para representaciones en su castillo de la Coste. Cuando la Revolución le liberó en 1790 intentó ser lo que siempre soñó, un dramaturgo en boga, pero la obra que consiguió estrenar en un teatro de París fue un rotundo fracaso. La pasión del marqués de Sade durante toda su vida no fue, pues, la erótica, fue el teatro, pero como casi todo el mundo, no dejó huella –en este caso nada menos que en la historia de la cultura– por lo que le hubiera gustado hacer sino por lo que hizo: trastocar el género erótico, ligero, alegre e inocuo, en algo infernal, denso, terrorífico y filosófico, algo de lo que seguramente no era consciente cuando murió de viejo en Charenton sin atisbar lo mucho que su voz desenfrenada interesaría en el futuro ni que el tiempo daría la razón a su visión de las costumbres, y sin imaginar que sus obras, editadas, reeditadas y traducidas a muchas lenguas se venderían legalmente hasta en los kioskos, ni que su querido castillo de La Coste se convertiría en guaguadero donde abreva el ganado turístico. Y que todo esto haya sucedido y suceda sin que nadie, aparte de los estudiosos, lea realmente sus textos, más inquietantes que los de Kafka, más corrosivos que los de Genet, más pesados que los de Proust y tan repugnantes como ellos mismos, es otra misteriosa circunstancia que hace de este escritor de envergadura un sujeto digno de amor.

 

(1) «Nene, caca» es lo que decimos a los niños para que no se lleven a la boca lo que no deben llevarse, y a la persona que se comporta con alto grado de bajeza la llamamos «comemierda».

(2) Sade habla de «un saquito de piel de Venecia llamado vulgarmente condón», o de introducir una esponja en la vagina.